Los hermanos Herrero Pozo tenían entonces 16 y 18 años. Pedro y Javier, Los Pecos. Yo tenía 12. La memoria guarda cientos de canciones y la música que escuchábamos a esa edad se fijó para siempre. Todavía hoy, 33 años después, compruebo que me sé de memoria todas sus letras. No importa que no los haya escuchado durante años, siguen ahí, porque con ellos empezaban a la vez mis ganas de comerme el mundo. En una adolescencia casi maldita, ellos ocuparon un lugar privilegiado. Luego vino la música anglosajona y nuevos paraísos por descubrir, pero lo vivido entonces es irremplazable.
Tengo un pequeño huerto donde planté hierbas curativas. Cuando asoman los brotes alguien los pisa, como muestra de superioridad. Parece mentira que siendo tan insignificantes molesten tanto. Cedo el terreno.
¿Dónde iremos, amigo, cuando la vida cese? ¿Dónde estábamos antes de venir a este mundo? Tengo una teoría que me ayuda bastante: Iremos, justamente, allí donde estuvimos.
La memoria del hombre solo abarca esta vida por lo tanto es inútil querer adivinar el antes y el después de lo que ahora somos. No le compite al hombre interpretar a Dios.
¿Fuimos olvido antes del latido uterino? ¿Es ciencia o es misterio la quiniela vital? Son preguntas al viento, sin respuesta certera.
Pero todos tenemos la necesidad íntima de querer seguir siendo. No queremos perder en el silencio eterno la aventura del alma.