Barca Varada, mi primer poemario











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Entrevista con Patricia Furlong en Radio Vitoria



Prólogo de Gavrí Akhenazi


Escribir exorciza

(Héctor Michivalka)


La ópera prima de Arantza Gonzalo Mondragón habla, ya desde su título, de las circunstancias existenciales que impregnarán el contenido completo de un poemario regido por variables emocionales, en que la personalidad de la autora va develando sus luces y sus sombras.


“La barca varada” o la palabra como síntoma

Mucho se ha hablado de la palabra como signo o de su multiplicidad relativa como elemento de constitución poética. En la búsqueda de una explicación del acto creativo, la palabra y sus arquitecturas – ya sea sobre pensamiento abstracto o sobre un sistema destinado a dirigir el hecho comunicacional hacia un fin determinado – ha sido caracterizada por la significación dentro del sistema artístico.

La palabra como signo es un dominante y está en la elección que un autor hace de ellas, el trasfondo ideológico que esa obra literaria tendrá, como objeto posterior de análisis.
La ideología de una obra literaria no es una entidad autónoma, ya que para estructurarla es necesario jerarquizar los elementos constitutivos, otorgándoles la validez que esos elementos jugarán luego, en la comprensión completa del hecho literario.

Ya desde el título de este poemario, el lector puede vislumbrar el peso semántico que determinará luego los parámetros del movimiento poético dentro de la obra.

“Barca” como antítesis de “varada”, es el núcleo emocional y testimonial, del que el decurso poético no se aparta ni un instante y la formulación de cada espacio anímico, reflexivo, anecdótico o íntimo, refleja la contraposición de estos dos elementos poderosos y enfrentados, reflejos semánticos excelentes, del nudo testimonial del poemario.

Barca maneja el efecto significativo de la proyección del deseo vital, aquello que se mantiene sobre la superficie y permite evadirse, alejarse, desprenderse de un vínculo hacia otros horizontes ideales o, sencillamente, necesarios para la sobrevivencia emocional.

Varada, por el contrario, ejerce una significación mortecina, acotada, estrecha y aquí se manifiesta el enunciado con el que comienzo el análisis del título.
Varada, en este caso, representa casi de manera testimonial la sensación del yo poético. La barca no está amarrada, fondeada, anclada, encallada. La barca está “varada”, reflejando toda la especificidad de un peso semántico claramente emocional, una trabazón anímica empastada, atrapante, casi voraz, que impide a su antítesis barca, la libertad.

Varada esgrime el arquetipo del poder profundo de sujeción emocional que una y otra vez se manifiesta a lo largo de todo el poemario, en el que predomina la lucha fundamental contra este “síntoma poético” que aparece en el título, para ganar aire y espacio vital, desprendiendo a la barca de un lastre que la retiene inmóvil.

Comprendiendo este hecho particular como síntoma dentro de la estructura creativa de la obra, no es dable afirmar que la poeta nos transfiere una manipulación del lenguaje como lo meramente formal estético, sino que las palabras signos que integran la forma poética, en este caso conducen a un valor de verdad, por el cual se transforman en instrumentos representativos de una realidad que no escapa a una significación dominada por su estética, sino porque el lector encuentra, desde la proyección sensorial de los poemas, una historia de vida, narrada en lengua poética.


La obra como reflejo

A medida que el lector va accediendo a la trama poética, la idea de un hilo conductor se hace más y más evidente, como si los poemas llevaran ya a un crescendo de batalla por liberar la barca en base a elaborar las situaciones emocionales que la retienen varada o, también, el hecho opuesto: el reflejo de imposibilidad, de atoramiento, de cansancio emocional frente a los desafíos que la sujeción impone sobre el aliciente de expansión.

El poemario en su conjunto, es una fina aunque por momentos brusca indagación en la propia personalidad.

Arantza Gonzalo Mondragón trabaja en busca de su propia individualidad, de su relación distanciada y compleja con el mundo que la rodea, de su estado de insoslayable otredad en que se alojan sus relaciones consigo misma y con su entorno cercano y por sobre todo, trabaja en una progresiva conquista de su ser reflexivo, como si en una compleja operación poética, construyera desde sus ataduras, el concepto de libertad.

“La barca varada”, es, en mi opinión, un libro que, llevándose lo estético por delante aunque sin prescindir de este componente, plantea la construcción de una personalidad humana y literaria a la vez a partir de los propios impedimentos, en un ejercicio profundo practicado tanto desde la improvisación y la espontaneidad, como desde el análisis de la propia búsqueda.

Todo libro es un esfuerzo si se aleja de los esquemas ficticios y mecánicos del oficio y este poemario, sin duda, refleja la liberación del sujeto poético a través del ejercicio del arte como exorcismo de recuperación.

Gavrí Akhenazi

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Análisis de Silvio Manuel Rodríguez Carrillo


Ficha del libro:
Título: Barca varada
Autor: Arantza Gonzalo Mondragón
Editorial: Lulu Editores
ISBN: 978-1-4717-1018-6
Nro. Páginas: 102
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Según leí alguna vez, a Julio Cortázar le dijeron que la novela siempre gana por puntos, mientras que el cuento debe ganar por Knockout. Cuando comencé a leer a Arantza recordé esta sentencia porque una de las características de su expresividad es la concreción sin rodeos del mensaje que aborda, esto es, cuando un verso o una estrofa transmiten con claridad una emoción sin prescindir del marco espacio temporal en el que ella sucede. Dentro de esta característica cabe marcar que lo resolutivo no aguarda al final de un poema, sino que lo va constituyendo, a manera de luces sin pestañeos.

Al tiempo, algo que no se debe dejar de considerar es el hecho de que la construcción de un poemario de por sí implica el riesgo de desgaste por parte del autor, porque mantener el enfoque en un cuadrante juega contra la dispersión, falsa y natural amiga de la amplitud. En este sentido, Barca varada resulta en una suerte de ejemplo de cómo es posible girar y avanzar alrededor de un punto, explorando los diversos matices con los que se concibe la realidad, la cual muta, junto con quien la dice, en una interacción constante que fusiona a ambos en protagonismo.

“El mar era emoción y yo era el mar”, es el primer verso con el que el libro nos recibe, y que nos ubica tanto en el estilo como en el fondo general, en el que encontramos un intenso juego o lucha, entre el deseo de libertad y/o liberación nacido de la sensación de sujeción (“Somos fantasmas,/ enfermos del pasado,”), los posibles espejismos (“pero luego vino el hacedor de milagros/ que volvía cuadrados los círculos”), y la siempre terrible premonición de las concepciones ajenas “Creían que llevaba una estela/ y lo que arrastraba era una colección de nuncas.”, por una parte.

Por otra, Arantza logra construcciones como “y cuando más clara vemos la salida/ más aceleramos hacia el fondo del pozo”, o aquella “Y fue el mismo cielo su cariño,/ como fue el mismo infierno su locura.”, en donde, bien leído, tras haberlo vivido, uno se encuentra nadando en vitalidad pura, respirando con la autora el intento y la apuesta, de repente sin saber u olvidando que con solo poner un pie adelante ya tenemos el camino ganado. De sus alas, ella misma nos dice “Las utilizo para agrandar el salto/ que me libera de las heces que piso,/ siempre hacia adelante”.

El detalle, nada pequeño, que enriquece el libro, es la colección de fotografías de César San Millán, las cuales, ya en colores, ya en escala de grises, acompañan y recrean en buena medida los textos, logrando un conjunto armónico y particular. Conjunto que nos lleva del mar al cielo en un vuelo en el que no se nos priva ni del dolor de las estrelladuras, ni del placer de volver a superar una y otra vez a Cronos y a uno mismo. Todo, de la mano firme hasta la rudeza, y fraterna hasta la ternura, de una poeta preñada de presente.

Silvio Manuel Rodríguez Carrillo






Fotografías de portada e interiores de César San Millán
















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ENTREVISTA EN EL DIARIO EL CORREO