miércoles, 10 de diciembre de 2008

Los restos del naufragio





Una isla, pongamos, tan sola que aprendió a gustarse como es para evitar la necesidad de pájaros o náufragos.
Una isla desierta, tan desierta, que se acompaña bien estando sola. Hasta a veces se sobra .
Es mejor así. Hay solamente un frasco de olvido.

Santos Aira




Fuerte sopla el viento
en los contornos de mi isla,
me cuesta sostenerme
agarrada a un violín barato.

Tengo un cuaderno de bitácora
donde guardo el nombre de los piratas
que no fueron tantos,
no fueron nadie.
Hubo uno que aprendía el amor
en los libros de texto
y aquel que me trajo un anillo
el preciso día que casi pierdo la vida
por otro.
Fueron dos minutos, diez palabras
que nos curaron la ceguera para siempre.

Y vino también el de la brújula loca
con un bajel de maderas nobles
y la imposibilidad de ser en alguien.
Se llevó lo mejor: el coral y la flor,
la barca para retornar
y el catalejo.

Me hice fuerte y sola,
dueña de mis lamentos.
Ahora vivo mirando el faro y oyendo el mar
y
me
basta.

Pero aún me cabe un sueño.