martes, 24 de febrero de 2015

El padre Albizu




A mis diecinueve años todavía no había visto el mar.
Por aquel entonces estudiaba delineación en un instituto regido por jesuitas. El profesorado era laico y los curas daban alguna asignatura o llevaban tutorías.

El padre Albizu era recién llegado a Vitoria. Venía de alguna comunidad cerrada y era su primer año de docente, aunque rondaba los cuarenta. Era un vascorro que justo se defendía en castellano. Tenía la nariz aguileña y un pelo negro muy abundante que se peinaba hacia atrás, estilo años cincuenta.
Iba un poco desaliñado, siempre con jerseys cuatro tallas superiores a la suya. Le sobraba un cuarto de metro en las mangas y otro en la cintura.

Era nuestro tutor además de profesor de euskera. Se notaba que sabía la lengua de cuna, pero de gramática no tenía mucha idea. Las clases eran un auténtico desmadre porque nadie le hacía caso y él tampoco tenía resortes para ejercer la autoridad con el respeto que dan los conocimientos. Yo le rebatía todo, le exigía lógica y no era capaz de aplicarla. Al final optaba por enfurruñarse como un niño malo y hacía silencio.

Nuestra rebeldía y su ineptitud habían marcado distancia entre nosotros.

Un día nos llamó uno por uno al despacho. Como tutor tenía que cumplir un mínimo de trato con los alumnos. Nadie estuvo allí más de un minuto salvo yo, que pasé de la hora.
Era muy tímido cara a cara y más con las chicas. Éramos cuatro féminas entre treinta y seis varones.
Aparte del sermón sobre mi pasotismo en su asignatura, me dijo que le gustaban mucho los poemas que yo escribía en el periódico del instituto.
Aquello me descolocó.
Poco a poco empezó a contarme cosas, y se fue suavizando el aire violento que traíamos premeditado. Hablamos de nuestras vidas, como dos amigos, casi en secreto de confesión.
Lo más nimio que le dije fue que nunca había visto el mar.

Un lunes entró en clase y dijo que había preparado una excursión para ir a la playa de Laga.
Me entró un rubor casi infantil al pensar que podía haber sido por la conversación de aquella tarde.

No recuerdo nada del viaje, ni la ida ni la vuelta ni el autobús ni el camino. Nada.
Sólo recuerdo que bajaban todos a la playa como locos en un ruido de chapoteos y risas.
Yo me quedé atrás, sola, mirando al mar.
Y de repente el paisaje se hizo silencio. Sólo se oía el rumor de las olas cabalgando sobre mis latidos.
Intentaba digerir toda esa belleza poco a poco pero se me atragantó la emoción y rompí a llorar.

Era feliz, completamente feliz.

No sé el tiempo que pasó, pero de repente miré a los chicos y me di cuenta que el cura no estaba.
Me giré para buscarlo con la mirada y lo encontré allí, justo detrás mío, viendo lo que yo miraba.
Adiviné que me oyó llorar y me dio vergüenza sostenerle la mirada, pero la sorpresa me la llevé yo.
Él también estaba llorando.
Le acerqué la mano y me la metió entera en su puño grande. Sólo acerté a decirle gracias, y él asintió con la cabeza. La garganta no nos permitió más palabras.

Eché a correr donde los chicos sabiendo que algo importante me había pasado.