viernes, 9 de noviembre de 2012

Nana para un mirlo


La felicidad son tres minutos y cincuenta y dos segundos,
el tiempo exacto que dura esta nana.
La escucho detrás de los cristales
mientras el gris noche va borrando el campanario.

Se despereza el mirlo y comienza a cantar,
parece que ríe,
pero sé que está hablando conmigo.
Somos viejos amigos, dos aves nocturnas
que duermen cuando la ciudad despierta.

El gran árbol que tapa la luna,
-aquel que estaba tan desnudo hace poco-
ha vestido las aceras con flores.

¿Quieres magia?
solo tienes que abrir los ojos.

Y pasan los tres minutos y cincuenta y dos segundos
y la música se me torna triste cuando calla.

Le faltaron muchas cosas a la niña que fui.

A la que soy
quizás sólo le faltó una nana.