lunes, 16 de enero de 2012

La poética de Arantza G. Mondragón, por Valentín Martín. Ultraversal.com


Voy a ponerme el traje de los domingos para estar a la altura porque pocas veces he visto escrito el joven humanismo como en la poesía de Arantza G. Mondragón. Una mujer que parece va por delante de la vida y resulta que no: es la vida.

Arantza tiene la hermosa costumbre de elevar a acontecimiento las simples cosas (la radio de la cocina niña, el recuerdo de la paz, el amor con nombre de mentira, las ausencias, los trenes que siempre pasan de largo, los fantasmas, la violencia; la muerte).

Y sin embargo no lo hace desde la derrota ni siquiera desde ese trepidante descreimiento que a veces parece vivirla pero que nunca desemboca en el desencanto. Todo lo contrario: hay como un leve belicismo que la salva, que la pone fuera del torrente, que nos brinda lo más parecido a la esperanza.

A esa beligerancia le nacen hijos bellísimos en forma de composiciones que un día fueron fiesta cuando aparecieron en este rincón y que ahora, unidas en el racimo del recuento, son el jolgorio íntimo de la tribu.

Cuando uno hace acopio de la poesía de Arantza y vuelve a leer todas sus sílabas, una a una y todas juntas, se da cuenta de que probablemente estemos ante la poeta que más emoción procura.

Porque Arantza no se amilana ante los desbordamientos sino que los asume y nos los pone en las manos como torcaces domadas; así, se puede decir que nadie como ella para escribir nuestra crónica sentimental.

La magia de Arantza G. Mondragón no está en el barroquismo sino en la bellísima sencillez con que encumbra las metáforas hasta reintegrarlas a un punto de encuentro donde los coloquios se complementan con el silencio de los solitarios.

La irrupción de Arantza, que es por encima de todo amorosamente vital, tiene un cierto aire combativo que combina muy bien con la ausencia de corazas. Su sensibilidad no discrepa nunca de la belleza, ni siquiera en la aventura de lo cotidiano que ella aborda a veces con una jovencísima rotundidad.

Los factores que contribuyen de manera decisiva a su personal esteticismo no hunden sus raíces en la necesidad de evasión sino en el acercamiento más amante al mundo donde vive.

El cultivo de lo natural llena sus poemas de vibraciones seductoras y lo hace de forma suave, como calladamente a tiempo, de forma que lo precario y lo áspero resulte inútil.

No hay exotismo en Arantza G. Mondragón sino la reconstrucción idealizada del aroma del pan blanco recién salido del horno, la luminosidad serena de los recuerdos, el ensueño, en fin, de una vida mejor.

Una vida que no entra en conflicto con el cosmopolitismo, sino que supera cualquier barrera temporal o espacial, todo aislamiento estéril, para situarse siempre en las cercanías del yo más humano.

Como en todos los poetas, hay paraísos perdidos en Arantza G. Mondragón y estos se encuentran sobre todo en los últimos poemas de esta entrega que, a modo de fértil contrapunto, nos deja quizás los motivos más recurrentes de su poesía y los más conmovedores.

Coexisten estos sin problemas con las entregas primeras donde el escepticismo y las reflexiones forman un conjunto de parecida capacidad poética.

La liturgia del erotismo alcanza en la poesía de Arantza G. Mondragón un vigor audaz que sólo reparte cartas con una trenzada sensibilidad. En este sentido no es temerario decir que la poeta colabora con dios enriqueciendo su creación y que, así, la mirada humana es la única consciente de que existe este universo maravilloso del sexo.

Sueños e ilusiones se hacen viva realidad en este mundo erótico donde nada es anónimo ni imprudente sino arrebatadamente hermoso.

Arantza dice que vive al día y no sabe que nosotros la necesitamos para vivir.

Nuestra Arantza.


VALENTÍN MARTÍN