miércoles, 29 de agosto de 2012

Un lugar en el mundo


Es una residencia para convalecencias temporales o definitivas, un lugar rebosante de gritos que asustan y silencios que hieren.

Huele a una mezcla ocre entre puré de verduras y orines. No molesta pero penetra.

Teresa lleva allí cuatro años. Va perfectamente arreglada, con ropas caras que le dan un aire de marquesa. Tiene mal genio y una demencia progresiva.

Todo su espacio consta de lo que ocupa ella en su silla de ruedas.

Esto no le impide fabricarse un mundo. Pasa las horas preparando la mesa, colocando manteles, planchando ropa o arreglándose para ir al cine. Tanto falso trajín le lleva al punto de caerse.
Las auxiliares la colocan de nuevo y vuelta a empezar.

Y así todos los días.

Julián tiene ochenta años, es de los pocos que deambulan libremente. Solo tiene memoria a corto plazo. No puede parar quieto, se recorre la residencia cuarenta veces al día y es el dueño del mando de la televisión, jodiendo a los que no se pueden mover ni opinar.
Julián cree que voy a verlo a él. Cuando entro está al lado de mi padre y viene a mi encuentro. Charlamos un rato pero siempre acaba diciéndome lo mismo, que está solo y que espera la muerte.

Al fondo hay un matrimonio que no para de pelear. Los dos están impedidos, ni siquiera pueden mover la silla de ruedas. El marido pasa la tarde preguntando cuánto queda para la cena y la mujer le grita que todavía no es la hora, que se calle. Él la manda a tomar por el culo y ella lo fulmina con la mirada.
Sé que se quieren.

Y así todos los días.

Esperanza llega todas las tardes con su traje chaqueta, sus zapatitos negros y un bolsito de fiesta. Es menudita y frágil como una mariposa. Nos saluda uno por uno y se va a pasear por la planta, hora tras hora.
Me gusta cuando oigo acercarse el sonido de sus tacones. Es la única que sonríe.

Y así todos los días.

Manuel tiene una dignidad aplastante. Tiene la mente lúcida pero el cuerpo casi inmóvil. No es mayor. Es el que avisa cuando Teresa se va a caer. Cuando lo traen su única preocupación es que lo coloquen en un sitio donde no moleste a nadie ni obstaculice la visión del televisor. Las auxiliares le tienen un especial cariño, lo miman mucho. Es un hombre bueno porque lo dicen sus ojos. Ayer estaba llorando, y se me clavó su mirada para siempre.

A Rosita la encuentro en la planta baja. La conocía del barrio. Una mujer humilde que crió a 6 hijos. Hace dos años murió su marido y la trajeron aquí. Tiene la espalda muy mal y necesita un apoyo delante para caminar. Tiene cerca de noventa años.
Siempre nos tuvimos mucho cariño.
Cuando la veo le doy un beso en la frente y le acaricio el pelo. Ella sube los brazos hasta mi cuello pero no llega. Todos los días hablamos las mismas cosas, pero es un buen momento ése, en el que nos encontramos. Verla abajo es coger fuerzas para subir.

Y así todos los días.

La sala del televisor es un compás de espera entre el desayuno, la comida, la merienda y la cena. Pero hay mucho más allí, es un universo de ausencias, un habitáculo para el dolor callado y la soledad absoluta.

La televisión es lo de menos.